Cada cierto tiempo, la industria tecnológica recibe un recordatorio incómodo: para avanzar, no alcanza con “apps” brillantes ni con una demo impactante. Hay que volver a la base. A cómo diseñamos y fabricamos los chips, a cómo movemos y alimentamos la energía dentro de ellos, a cómo conectamos software y hardware para que la inteligencia esté donde hace falta. Ese es el llamado de esta década: innovación continua en la infraestructura para que la IA deje de ser promesa y se convierta en práctica.

La IA no se parece a las cargas de trabajo de ayer. Conviven procesos sostenidos en segundo plano con ráfagas intensas que requieren respuesta inmediata; parte de esa inteligencia ocurre cerca del usuario y otra parte se coordina con la nube. Si la base no acompaña, la cuenta no cierra: sube el consumo energético, se estira la latencia y el costo total se dispara. Por eso la industria está priorizando un cambio de fondo en arquitecturas e infraestructuras: no es “más potencia por sí misma”, es mejor control y mejor distribución de la energía dentro del chip para reducir pérdidas, interferencias y cuellos de botella. Cuando esa base mejora, todo lo que está arriba —experiencias, servicios, operaciones— se vuelve más eficiente, predecible y sostenible.

Inferencia: donde ocurre el valor empresarial

El salto que viene no se mide solo en cuánto podemos entrenar, sino en cómo ejecutamos la inteligencia todos los días. La mayor parte del valor para la empresa se juega en la inferencia: responder consultas, automatizar pasos, enriquecer interacciones, decidir a tiempo. A medida que crecen los flujos “agentic” (con múltiples etapas y llamadas a herramientas), la medida sensata ya no es un récord aislado, sino cuántos tokens procesamos por watt y por dólar con la menor fricción posible. Ahí es donde una propuesta abierta y heterogénea, capaz de orquestar distintos bloques bajo un mismo software, marca la diferencia en eficiencia y escalabilidad.

Qué cambia con la nueva plataforma (el salto de 18A)

En ese contexto, Intel 18A ilustra bien el tipo de avance que necesitamos. Combina innovaciones de transistor y de alimentación que despejan las rutas de señal, reducen el ruido interno y mejoran la relación desempeño/consumo. El efecto práctico es triple:

  1. Más trabajo por cada watt en tareas frecuentes de IA, sin penalizar autonomía.
  2. Menos latencia percibida, al decidir con mayor eficiencia dónde conviene ejecutar cada etapa.
  3. Mejor escala en centros de datos y redes, donde densidad y eficiencia energética determinan el costo operativo y la huella ambiental.

Sobre ese cimiento aparece la siguiente generación de producto. Panther Lake, primera plataforma de próxima generación construida sobre 18A, simboliza cómo un cambio de base se traduce en experiencias más fluidas para quien estudia, crea o trabaja: respuesta “en el momento”, sesiones más largas lejos del enchufe y mayor privacidad cuando ciertos procesos se pueden resolver localmente. En paralelo, la adopción de los mismos principios en el lado servidor aporta coherencia extremo a extremo: el mismo lenguaje de eficiencia desde el dispositivo hasta el borde y la nube, algo que operadores, clouds y equipos de TI pueden planificar y gestionar sin sorpresas.

De plataforma a impacto (lo que la industria debe sostener)

El salto de arquitectura no es un hito único; es una línea de evolución que hay que sostener con disciplina. Eso implica:
• Ecosistemas de software preparados para la IA, con frameworks y herramientas que aprovechen la nueva base sin rehacerlo todo cada año.
• Estándares e interoperabilidad, para que la inteligencia viaje entre equipos, redes y nubes con fricción mínima y sin costos ocultos.
• Resiliencia de cadena de suministro y capacidad de fabricación a volumen, para que la innovación llegue donde está el usuario y no se quede en la maqueta.
• Eficiencia como criterio de diseño desde el inicio: cada watt cuenta, y cada milisegundo también.

En América Latina, esa coherencia se nota en lo concreto: redes que priorizan tráfico crítico cuando hace falta; operaciones que deciden en el borde para ahorrar energía y reducir mermas; aulas y oficinas que ejecutan modelos locales sin depender siempre del ancho de banda; servicios que mantienen la consistencia incluso ante picos de demanda. Nada de eso ocurre por accidente. Ocurre cuando el sector se compromete con la base, adopta plataformas más eficientes y acompaña con software, estándares y ejecución.

La próxima frontera no es una promesa: es la capacidad de convertir eficiencia en experiencia, medida con métricas reales como los tokens por watt que sostienen la inferencia todos los días. Y ese objetivo se alcanza mejor con una propuesta abierta y heterogénea, que abstraiga la complejidad y maximice el valor para el negocio. Ese es el compromiso que la era de la IA nos pide: diseñar para durar, ejecutar con rigor y llevar la inteligencia a donde verdaderamente agrega valor.

 

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