Cada vez que una startup latinoamericana firma un contrato más grande, cierra una ronda de inversión o entra a un nuevo mercado, también empiezan a aparecer exigencias que antes no tenía. Un cliente corporativo pide evidencia de que los datos están protegidos, un fondo solicita una auditoría antes de firmar el cheque, un regulador exige controles que hasta entonces no aplicaban. Es precisamente en ese momento, cuando el negocio empieza a tomar velocidad, que muchas empresas descubren que su operación, su seguridad y su cumplimiento no crecieron al mismo ritmo.

Lo más peligroso de estas brechas no es que existan, sino que casi nunca se sienten, y mientras nadie las mide, todo parece estar bajo control, ya que el producto funciona, los clientes están contentos, las métricas suben. Esa sensación de que todo está bien es justo lo que hace que una brecha sea invisible, y también lo que la vuelve más peligrosa. No se puede corregir lo que no se sabe que existe.

Los datos muestran que este no es un problema aislado. En Colombia, de las 306.607 empresas creadas en 2019, solo 98.383 seguían activas en 2024, una tasa de supervivencia del 32%, según Confecámaras. El dato ayuda a dimensionar lo difícil que es sostener una empresa en el tiempo, incluso antes de llegar al desafío de escalarla. En el ecosistema emprendedor que además viene creciendo, con 2.295 startups activas y 131 operaciones de inversión por US$857 millones durante 2025, según el Colombia Tech Report 2026, esa brecha entre ambición y capacidad operativa resulta especialmente visible.

Es fácil atribuir la mortalidad de las startups únicamente a la falta de caja. CB Insights analizó 431 empresas respaldadas por capital de riesgo que cerraron desde 2023 y encontró que el 70% se quedó sin capital, aunque advierte que esto suele ser la causa final de la muerte, no el problema de raíz. Casi una de cada cinco, además, enfrentaba una economía unitaria insostenible, un problema que golpeó especialmente a fintech y empresas de mercados emergentes cuando el capital empezó a escasear.

Lo que aparece detrás de esas cifras es un patrón que me parece más relevante. Son negocios que consiguieron tracción antes de construir la estructura necesaria para sostenerla. Poder responder a las exigencias de un cliente grande, mantener la operación ante una caída del sistema o demostrar cumplimiento frente a un inversionista no son capacidades reservadas para las grandes compañías. Son parte de las condiciones que una empresa necesita para seguir creciendo.

La ciberseguridad es quizá el punto donde esta brecha puede resultar más costosa y más difícil de detectar a tiempo. Según el informe Cost of a Data Breach 2026 de IBM, el costo promedio de una filtración de datos en América Latina alcanzó los US$4,65 millones, frente a US$3,81 millones en 2025. En el sector tecnológico, el costo promedio llegó a US$5,50 millones por incidente. A esto se suma que las organizaciones tardaron en promedio 247 días en identificar y contener una brecha, seis días más que el año anterior.

Para una empresa que está expandiéndose, una brecha de seguridad tampoco termina en el costo económico del incidente. Puede llevarse consigo, en cuestión de días, la confianza que tomó años construir con clientes e inversionistas. Y cuando una compañía depende de esa confianza para financiar o sostener su siguiente etapa de crecimiento, el impacto puede ser mucho mayor. Por eso, la ciberseguridad, la resiliencia operativa y el cumplimiento regulatorio deberían dejar de verse como asuntos defensivos y empezar a entenderse como parte de la capacidad de una empresa para crecer.

Esto no aplica solo a la ciberseguridad, ya que una empresa que no sabe cuánto le cuesta su nube porque nadie revisa el gasto, que pone en producción código escrito con IA sin auditarlo o que tiene un proceso de gestión de incidentes que vive en la cabeza de una sola persona enfrenta, en el fondo, el mismo problema. Se nota poco mientras todo funciona y mucho cuando alguien pregunta.

Durante años, la respuesta habitual ante estos riesgos fue construir equipos internos de infraestructura, seguridad y cumplimiento. Era una alternativa que solo las organizaciones con suficiente presupuesto podían asumir. Las pequeñas y medianas empresas, en cambio, enfrentan limitaciones reales para contratar talento especializado en ciberseguridad, capacidades que no necesariamente deben construir desde dentro. El acceso a servicios gestionados y proveedores especializados permite cubrir esas necesidades de manera más flexible, sin asumir la estructura y los costos de un equipo propio.

Ese es, en el fondo, uno de los cambios más importantes que está viviendo el ecosistema. Hoy es posible acceder a especialistas bajo demanda, entender el estado real de una operación en términos de negocio y avanzar progresivamente: ganar visibilidad, fortalecer los puntos débiles y establecer una operación continua, sin detener el desarrollo del producto ni comprometer recursos que deberían estar destinados al crecimiento.

Las startups que están escalando en Latinoamérica no van a dejar de hacerlo rápido, ni deberían. Pero crecer de forma sostenible exige dejar de tratar la infraestructura, la seguridad, la continuidad operativa y el compliance como asuntos para después. La primera señal de tracción también debería ser una señal para fortalecer la estructura que permitirá sostenerla. Las empresas que entiendan esto a tiempo no solo estarán mejor preparadas para evitar una crisis, tendrán una base más sólida para convertir el crecimiento en algo que pueda durar.

 

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